“Busca siempre a Dios y tendrás paz en tu alma”— Padre Juan
Después del lavado intenso para quitar las manchas profundas, llega un nuevo paso: el aclarado. Es el momento en que se eliminan los restos que aún enturbian el tejido, aquello que ha quedado suelto después de la limpieza. En la vida espiritual sucede algo parecido: después de reconocer nuestras sombras y dejarnos purificar por el Señor, necesitamos que Él termine de aclarar nuestra mirada, nuestro corazón y nuestra manera de situarnos ante la vida.
El Evangelio de este domingo (Jn 9, 1-41), que nos presenta la curación del ciego de nacimiento, nos ayuda a comprender que la conversión no consiste solamente en corregir algunos comportamientos, sino en aprender a ver de una manera nueva. Jesús no solo devuelve la vista física a aquel hombre, sino que le regala una luz interior que le permite reconocer la presencia de Dios.
Recuperar la vista del corazón
El gesto de Jesús es profundamente simbólico: unge los ojos del ciego con barro y lo envía a lavarse. Ese lavado no solo restaura una capacidad perdida, sino que inaugura una vida nueva. También nosotros necesitamos muchas veces ese “lavado” del corazón, porque no siempre vemos con claridad.
Hay cegueras que no se perciben a simple vista: el orgullo, la autosuficiencia, la envidia, los prejuicios o los intereses personales. Todo eso va dejando una especie de velo sobre nuestra mirada. Nuestros Fundadores hablaban de las “telarañas de los ojos” para referirse precisamente a esas disposiciones interiores que nos impiden reconocer la verdad de Dios, la bondad de los demás y también nuestra propia verdad.
Aclarar es dejar que el Señor retire esos residuos, esas impurezas que todavía enturbian nuestra visión. Es pedirle una mirada más limpia, más humilde y más luminosa.
La transparencia de la verdad
El Evangelio muestra un fuerte contraste entre el ciego curado y quienes, creyéndose seguros de sí mismos, permanecen encerrados en su ceguera. El hombre sanado no entra en discursos complicados. Habla desde la experiencia y desde la verdad:
“Era ciego y ahora veo.”
En esa sencillez hay una gran enseñanza. Un corazón aclarado es un corazón que vive sin doblez, con transparencia, sin necesidad de aparentar ni de esconderse. La verdad no oprime; al contrario, libera. Cuando una persona vive en la verdad, encuentra una paz profunda, porque ya no necesita sostener máscaras ni justificar continuamente su postura.
Nuestros Fundadores insistían en la importancia de una vida recta, clara, sincera. También en esto consiste el aclarado espiritual: en dejar que el Señor limpie nuestras palabras, nuestras intenciones y nuestros sentimientos, para que haya unidad entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que vivimos.
Aprender a mirar con amor
Cuando el corazón se va aclarando, también cambia la forma de mirar a los demás. Dejamos de fijarnos solo en defectos, errores o apariencias, y comenzamos a contemplar a cada persona con más paciencia, más ternura y más profundidad.
Nuestros Fundadores nos pedían tener “corazón de madre”, una expresión llena de humanidad y delicadeza. Mirar con corazón de madre significa mirar con comprensión, con cercanía, con interés verdadero por el otro. Significa no juzgar rápidamente, no reducir a nadie a su fragilidad, no quedarnos solo en la superficie.
Solo un corazón iluminado puede mirar así. Solo quien se sabe mirado con misericordia por Dios aprende a mirar con misericordia a los demás.
La luz que da paz
Vivimos en un mundo muchas veces confuso, agitado y oscuro. También nuestra propia vida atraviesa momentos en los que no entendemos del todo lo que sucede. Sin embargo, cuando buscamos a Dios y dejamos que su luz penetre en nuestra interioridad, aparece una paz nueva.
Por eso dice Padre Juan: “Busca siempre a Dios y tendrás paz en tu alma.”
No se trata de una paz superficial ni de una ausencia total de problemas, sino de esa serenidad interior que nace cuando sabemos que Dios conduce amorosamente nuestra historia. El alma aclarada no camina a ciegas. Puede atravesar dificultades, pero lo hace con otra luz, con otra confianza, con otra hondura.
Y entonces se cumple también la expresión de Madre Antonia: “Se inundará de luz tu caminar.”
La vida no deja de tener sombras, pero ya no está dominada por la oscuridad. La luz de Cristo permite orientarse, discernir y caminar con esperanza.
Para la reflexión
Durante esta semana podemos detenernos a orar con estas preguntas:
¿Qué me impide ver con claridad?
¿Hay restos de soberbia, envidia o juicio que enturbian mi mirada hacia los demás?
¿Soy una persona transparente en mis palabras, sentimientos e intenciones?
¿Sé descubrir la mano de Dios en los detalles cotidianos de mi vida?
Un gesto para esta semana
Puede ayudarnos realizar un gesto sencillo en la oración: lavarnos las manos o el rostro lentamente, pidiendo al Señor que aclare nuestra mirada interior. Mientras lo hacemos, podemos repetir en silencio:
“Señor, que vea.”
Que en esta cuarta semana de Cuaresma dejemos que Jesús toque nuestros ojos y nuestro corazón, para caminar con una mirada más limpia, más verdadera y más llena de luz.

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